DALLAS, TX.- Después de más de cincuenta años observando obras de arte en colecciones privadas y públicas, hay un problema que se me ha hecho cada vez más evidente: tendemos a confundir lo que creemos con lo que sabemos.
Existe otro problema. A veces nos dicen qué debemos pensar antes de que hayamos tenido la oportunidad de observar.
Hace años, mientras preparaba una grabación de Roadshow en la Menil Collection de Houston, me interesé por la manera en que Dominique de Menil concebía la presentación del arte. Lo que más me impresionó fue la discreta ubicación de las cédulas informativas, que animaba a los visitantes a encontrarse primero con la obra y después consultar su explicación. La Asociación Histórica del Estado de Texas describe la filosofía expositiva de la Menil Collection como una propuesta que enfatiza el "contacto directo con las obras de arte sin textos explicativos en las paredes". Fuente: Eric Michael Wolf, "Menil, Dominique Isaline Schlumberger de", Handbook of Texas Online, Texas State Historical Association. El pasaje correspondiente señala que la Menil Collection mantuvo la filosofía expositiva de los Menil al buscar destacar el "contacto directo con las obras de arte sin textos explicativos en las paredes", junto con yuxtaposiciones inesperadas y un ambiente sereno, iluminado de manera natural. Una historia del museo también describe sus galerías como espacios que ofrecen una "experiencia muy directa con la obra de arte", con "poco o ningún texto" y una experiencia contemplativa. Fuente: un artículo titulado "Museums: Art Without Artifice", publicado en Houston History, vol. 11, núm. 2. En dicho artículo, la afirmación se atribuye a Vance Muse, quien describe la experiencia que Dominique de Menil creó en la Menil Collection.
Vale la pena reflexionar sobre este principio: primero observar, después leer.
La cédula de un museo puede identificar el material de un objeto, su fecha, procedencia, origen cultural y uso documentado. También puede ofrecer una interpretación. La dificultad comienza cuando estos dos tipos de información se vuelven indistinguibles.
Un objeto, diferentes perspectivas
Pensemos en un objeto elaborado en una comunidad indígena de África, Oceanía o América.
Su creador pudo haberlo entendido de una manera. La persona que lo encargó o utilizó pudo haberlo interpretado de otra. Quizá se valoraba por su prestigio, sus cualidades protectoras, su relación con los antepasados, su carácter sagrado o su eficacia para cumplir una función determinada.
Más adelante, un curador puede estudiar ese mismo objeto desde la historia del arte o la antropología. Un comerciante de arte puede considerar su rareza, calidad, procedencia e historial de mercado. Un valuador examina su autenticidad, estado de conservación, atribución, objetos comparables y valor. Un coleccionista aporta otro conjunto de experiencias. Un integrante actual de la comunidad de origen puede contribuir con conocimientos transmitidos de generación en generación que no estaban al alcance de los investigadores anteriores.
El visitante del museo aporta algo diferente: una reacción directa ante el objeto.
Estas perspectivas no tienen por qué competir entre sí. Responden a preguntas distintas.
¿Qué nos dice realmente la cédula?
Las cédulas de los museos suelen utilizar el lenguaje de la historia del arte y del conocimiento especializado: equilibrio, abstracción, monumentalidad, elegancia o fuerza expresiva. Estas observaciones pueden ser valiosas, pero debemos identificar qué tipo de afirmaciones representan.
Consideremos la diferencia:
"Esta escultura tiene un equilibrio extraordinario".
"Considero extraordinario el equilibrio de esta escultura".
"Las personas que crearon esta escultura la valoraban por su extraordinario equilibrio".
La primera es un juicio estético presentado como una característica del objeto. La segunda identifica ese juicio como una apreciación del observador. La tercera plantea una afirmación histórica sobre otra cultura y, por lo tanto, requiere pruebas.
Esta distinción es importante porque los museos poseen autoridad institucional. Una vez que una interpretación aparece en la cédula de un museo o en un catálogo académico, los lectores pueden comenzar fácilmente a tratarla como un hecho establecido.
El problema no es la interpretación. El problema es presentar una interpretación sin identificar su origen o los fundamentos que la respaldan.
Lo que sabemos y lo que pensamos
Toda cédula de museo contiene, de manera implícita o explícita, dos categorías de información.
Una corresponde a las evidencias: materiales, dimensiones, procedencia documentada, análisis científicos, fotografías históricas, observaciones de campo y declaraciones registradas de los creadores o usuarios.
La otra corresponde a la interpretación.
Palabras como bello, elegante, tosco, sofisticado, monumental, espiritual, poderoso y obra maestra generalmente expresan juicios de valor, más que propiedades que puedan demostrarse de manera independiente.
La interpretación es esencial para la investigación académica. Sin embargo, los museos fortalecerían su autoridad si dejaran más claro dónde terminan las evidencias y dónde comienza la interpretación.
El mismo criterio debería aplicarse al conocimiento indígena. Las comunidades de origen pueden aportar información sobre lengua, historia, conocimientos rituales, simbolismo, técnicas de elaboración y usos que los coleccionistas e investigadores pasaron por alto o interpretaron erróneamente. Ese conocimiento merece una documentación rigurosa.
Pero el término "indígena" no representa un punto de vista único, del mismo modo que "occidental" tampoco lo hace. El conocimiento puede variar entre individuos, familias, especialistas y generaciones. Cuando alguien formula una afirmación histórica sobre lo que creía un creador o una comunidad en particular hace varias generaciones, sigue siendo razonable preguntar qué evidencias la respaldan.
La experiencia especializada sigue siendo importante
Nada de esto resta importancia al conocimiento especializado.
Décadas dedicadas al examen de objetos permiten reconocer materiales, técnicas, restauraciones, características regionales, prácticas de taller y relaciones estilísticas que un observador ocasional podría pasar por alto. Un curador, conservador, antropólogo, especialista de la comunidad de origen, coleccionista, comerciante de arte o valuador puede poseer conocimientos relevantes sobre un mismo objeto.
El error consiste en suponer que una sola perspectiva representa automáticamente el significado completo del objeto.
Un objeto puede transitar por muchos mundos. Puede ser creado, encargado, utilizado, heredado, coleccionado, estudiado, exhibido, comprado, vendido y, finalmente, reinterpretado por generaciones posteriores.
El objeto acumula significados.
La interpretación del museo constituye una parte importante de esa historia, pero no necesariamente cuenta toda la historia.
Un desafío para los museos
La cédula de un museo debería ayudar a los visitantes a distinguir entre tres cosas: lo que está documentado, lo que se interpreta y quién proporciona esa interpretación.
Y, en ocasiones, el museo podría ofrecer a sus visitantes algo todavía más sencillo: suficiente espacio para encontrarse con el objeto antes de explicarlo.
Eso es lo que permanece en mi memoria de la Menil Collection.
Primero observar. Después leer.
La cédula puede cambiar lo que vemos. La investigación académica puede revelar significados que jamás descubriríamos únicamente mediante la observación visual. Esa es una de las grandes contribuciones de los museos.
Pero la autoridad de una institución debería provenir de demostrar cómo sabe lo que afirma saber, y no simplemente de colocar esas conclusiones en una cédula.
Para los museos, investigadores, coleccionistas, comerciantes de arte, valuadores y comunidades de origen, la pregunta fundamental sigue siendo la misma:
¿Cómo lo sabemos?
John Buxton es un reconocido valuador, asesor e investigador especializado en arte precolombino, con más de cuatro décadas de experiencia en la evaluación de obras de arte y objetos de las antiguas culturas de América.
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