Establecido en 2026 Miércoles, 27 de Mayo de 2026


El artista franco-mexicano Hugo Toro debuta en Estados Unidos con una exposición inspirada en sus raíces mexicanas
En este nuevo conjunto de obras, el agua aparece como la principal fuente de inspiración, representada en tonos melancólicos que evocan tanto al propio elemento como su capacidad para reflejar la luz, la memoria y las emociones.



NUEVA YORK.- Perrotin New York presenta Ojo de Agua, la primera exposición de la galería con el artista franco-mexicano Hugo Toro y la primera presentación del artista en Estados Unidos.

Toro transita por el espacio situado entre la realidad y la imaginación, pintando paisajes que revelan historias que han dado forma a su identidad, ya sea a partir de su propia vida o de su linaje ancestral. En este nuevo conjunto de obras, el agua aparece como la principal fuente de inspiración, representada mediante tonos melancólicos que evocan tanto al propio elemento como su capacidad para reflejar la luz, la memoria y las emociones.

El siguiente ensayo fue escrito por Guillaume Kientz, director de la Hispanic Society Museum & Library de Nueva York.

Nacido en el este de Francia, hijo de madre mexicana y padre francés, Hugo Toro lleva consigo la dualidad de su identidad como un enigma íntimo que intenta resolver sobre el lienzo. Esta fricción interior, surgida de dos mundos distintos, constituye el principal motor de su proceso creativo.

Su obra no es únicamente un ejercicio estético, sino una profunda investigación ontológica sobre lo que significa pertenecer simultáneamente a dos lugares y, quizá, terminar sin pertenecer plenamente a ninguno, salvo mediante el acto de la creación.

Su paleta telúrica desdibuja deliberadamente los límites tradicionales entre la abstracción y la figuración. Al igual que las densas selvas que construye mediante capas de pintura, sus composiciones recurren al imaginario de un México que es, al mismo tiempo, real y fantaseado.

Se trata de una poesía visual escrita en prosa y narrada en primera persona. Los "paisajes" de Toro son cartografías psicológicas. El artista invita al espectador a entrar en un espacio donde la tierra y el agua se fusionan y parecen respirar lentamente.

Los manglares que entrelazan sus complejas raíces en sus pinturas hablan, ante todo, de sus propios orígenes. Representan un México en el que nunca vivió, un lugar que existe para él como un poderoso fantasma: distante y, al mismo tiempo, extraordinariamente presente a través de las vívidas historias de su madre, los recuerdos de las vacaciones familiares y las mitologías domésticas construidas alrededor del pueblo ancestral de su familia en Oaxaca.

Estas raíces no están firmemente ancladas a la tierra. Son semiacuáticas, cambiantes y enmarañadas, reflejando así la naturaleza fluida de su herencia cultural.

Instintivo, incluso animal en su manera de abordar la pintura, Toro da forma a este universo sensorial, interior y misterioso para poder explorarlo con mayor profundidad. Navega por el río de sus orígenes, avanzando contracorriente sin un destino fijo, pero con la certeza de que cada pincelada lo acerca al núcleo de su identidad.

En su obra existe una tensión palpable entre la ansiedad existencial provocada por lo desconocido y la calidez envolvente y benevolente de un mundo familiar que se reconoce sin llegar a conocerse verdaderamente. Esta dualidad genera una resonancia emocional singular: la sensación de regresar a un hogar que se visita por primera vez.

El artista avanza a través de las aguas densas de narraciones fragmentadas, lecturas apenas recordadas y sueños persistentes. Su obra oscila entre la melancolía y la alegría, el miedo y la emoción.

Esta tensión queda perfectamente expresada en el concepto de sus "aguas murmurantes", un tema que exploró en su reciente exposición en el Instituto Cultural de México en París. Estas aguas no permanecen en silencio; transportan los ecos de una herencia que exige ser escuchada, aunque el lenguaje en el que se expresa esté compuesto más por impresiones que por definiciones.

Como artista, Toro desconfía del impulso de ser meramente ilustrativo o literal. Para contrarrestarlo, recurre con frecuencia a formatos de gran escala. La amplitud del lienzo le permite abolir el espacio arquitectónico tradicional y hacer que la obra se convierta en un entorno autónomo.

Durante esos momentos de creación, el lienzo es el único espacio que realmente le importa. Se transforma en un santuario en el que el mundo físico retrocede y solo permanecen el artista y su visión interior.

Toro se refiere a estos espacios como sus «limbos»: estados situados entre dos mundos y dos realidades. Dentro de ellos busca reconciliar la imagen con la impresión, la imaginación con la memoria y lo real con lo soñado.

Es en este territorio liminal donde verdaderamente reside. Es un mexicano cuyo cuerpo creció en Francia, pero cuyo espíritu siempre ha sido alimentado por la esencia de México. El lienzo se convierte así en un puente entre esas dos formas de existencia, un espacio en el que ambas pueden reconciliarse.

La fabricación y el uso particular que hace de los pigmentos —lo que él denomina su "pigmentogénesis"— desempeñan un papel esencial en esta búsqueda. Estos pigmentos son los ingredientes de su investigación, los equivalentes táctiles de su recorrido psicológico.

Son compuestos, densos e intensos, pero al mismo tiempo poseen una fragilidad que refleja la naturaleza de la memoria y del subconsciente. Cargan con el peso de la historia, aunque pueden ser tan fugaces como un recuerdo.

En muchos sentidos, estos pigmentos son las palabras de una lengua materna que el artista no domina lo suficiente como para habitar plenamente su identidad. Allí donde las palabras fracasan, la materialidad de la pintura encuentra una forma de expresarse.

La pintura le proporciona el vocabulario abstracto necesario para articular sus complejas emociones. Le ofrece —o quizá le devuelve— el lenguaje de sus raíces.

Y allí aparecen nuevamente los manglares: las raíces flotantes de una identidad fluida, inmersa en un proceso constante de crecimiento y movimiento que nunca deja de dibujar y redibujar los contornos de su profundo y complejo paisaje interior.

A través de este proceso, Toro no se limita a pintar un mundo: se da forma a sí mismo.







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Editor: Jose Villarreal
Director de arte: Juan José Sepúlveda Ramírez



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